Un problema colectivo - RedGol

Un problema colectivo

Daniel Albornoz. Asociación de Hinchas Azules

Hay mucho que comentar de este fin de semana. Desde la efemérides de los 58 años de la final que la “U” –con solo una estrella, añeja de 19 años- le da vuelta a Colo-Colo con sus ocho coronas para el segundo título laico, hasta todo lo que rodeó a la final, el despliegue de la hinchada número uno, de los esfuerzos de mis camaradas por llegar desde todos los rincones de Chile hasta el Ester Roa (un saludo para mi vecino en la tribuna, un joven veinteañero osornino, apasionado y fiel, contando los días por volver al mismo estadio a comienzos de diciembre), de las anécdotas en la carretera con accidente de barristas porteños y desvíos que nos llevaron al campo profundo por caminos de tierra a las dos de la mañana rodeados de autos con hinchas azules y verdes, con una micro atrapada en el cruce de un riachuelo incluido –debiera escribir una crónica de viajes sobre este fin de semana. U otras cosas de nuestro fútbol, como la impresionante cantidad de hinchas que llevó el Vial a Mejillones, o el feliz término del contrato de concesión de Deportes Concepción a una SA que dejó botado al club, club que renació desde lo que no puede morir, desde su base indiscutible, su gente, sus hinchas, sus socios. O, colgándome de esto último, de la relación entre fútbol y política que nos ha herido una vez más con Pepe Rojas apoyando la campaña del candidato que impulsó Estadio Seguro dejando a cargo de este al nefasto Cristian Barra y cargando sobre los hinchas con represión intolerable, apoyando al primer impulsor del despojo de los clubes de manos de sus socios para entregarlos a los grandes poderes económicos con la ley 20.019. Pero la verdad, estoy demasiado preocupado por lo que muestra la “U” en la cancha, así que allí quiero concentrarme.

Los que seguimos al equipo mágico sabemos, a estas alturas, que Hoyos cambia mucho de formación titular, en general forzado por lesiones. Pero también nos vamos dando cuenta que no privilegia entrega ni rendimiento, sino que parece tener sus favoritos. Gonzalo Jara, resistido por buena parte de la hinchada por su pasado en Macul, es una desastre por su cometido en cancha: reiteradamente es responsables de, sino siempre de derrotas, al menos de goles en contra, en prácticamente todos los partidos que juega. Jean Beausejour juega cansado, con poco despliegue, sin un centro con intensión y con un remate displicente, una final. ¡Una final! Podría seguir, pero creo que son dos casos ícono.

El fútbol es un juego de seres humanos, y un plantel es una microsociedad que debe convivir y trabajar en pos de un estilo de juego, de una mancomunión dentro de la cancha en un juego físico. No pretendo entrar en las dificultades que esto supone, pues se trata no solo de elegir a los “mejores pa la pelota” como se hace en las pichangas de barrio, ni tampoco basta con hacer un dibujo táctico en una pizarra. No basta con confiar que los futbolistas son profesionales y suponer que por esto saben qué hacer. Es por ello que la labor del técnico es tan relevante, y tan oscura a su vez para quienes solo vemos al equipo el fin de semana.

Sin embargo, llama la atención el enfoque de Hoyos. Se ha dedicado a inyectarle moral al equipo, a irradiarlo con su fe, la que no sé si todos compartirán, una fe que a mí me deja con serias dudas y un sabor a desconfianza. Sí, es importante trabajar lo emocional, y la fe puede ser una herramienta en ese sentido, también las comparaciones con grandes jugadores de la escena mundial, tanto como puede serlo un buen asado de camaradería, o una charla motivacional. Pero, ¿se acaba ahí la tarea?

Resulta que al equipo no lo vemos falto de fe, cierto, pero sí falto de ideas, falto de recursos. Hemos caido en una visión individualista del fútbol, donde todo depende en las capacidades de unos pocos, como fue el evidente caso de Pinilla en esta final. Desde que volvió, el juego de la “U” tiene dos variantes: el toque lateral buscando lograr sacar un centro hacia Pinigol, o un pelotazo largo esperando el pivoteo del mismo para que aproveche uno de sus compañeros de ataque. Resulta que ambos caminos dependen de un solo jugador, y ambos resultan muy evidentes a la hora de anular los embates azules. Cuando esos canales quedan controlados, o cuando se lesiona Pinilla, parece que se nos terminan las ideas.

Hoyos ya salió campeón, sí, pero con una fórmula también individualista. Si no se va Fernández y no aparece Felipe Mora detrás, otro gallo cantaría. El equipo empezó a jugar a contener y esperar la genialidad del delantero. Eso, sumado a las incosistencias de los rivales, nos alcanzó para gritar campeón. Pero no nos nublemos, desde ahí que ya era mezquina la propuesta de equipo, la propuesta colectiva.

No quiero decir que el rendimiento de los jugadores está exento de responsabilidades, para nada, ya cité un par. Sin embargo, creo que la suma de once jugadores no es lo mismo que un equipo de once jugadores. Lo primero puede bastar para ganar cuando alguno(s) de esos once está(n) iluminado(s), pero otra cosa es tener ideas como equipo, tener formas de juego, de cómo llegar al arco rival, o cómo retoceder ante un contragolpe. Ayer nos vimos tibios en el ataque, intrascendentes en el mediocampo, e irresponsables en la defensa.

Para rematar el diagnóstico, si la fe alcanzara, si de verdad moviera motañas, tal vez no dejaríamos escapar los partidos en que partimos con un gol en contra. Les invito a revisar la estadística reciente: ¿qué fue del “lo damos vuelta”? Parece que un 1-0 en contra, para este equipo, significa un techo, un obstáculo –casi- infranqueable.

Siempre es bueno volver a las definiciones profundas. Si bien el “jugar bien” no es parte de lo que definiría como esencia del equipo mágico –aunque obviamente es un objetivo a lograr-, sí es un distintivo el juego colectivo, bien formado, bien aceitado, y también aguerrido, corajudo, pero estudiado, el fútbol que nos enseñó el Ballet Azul, ese que celebra 58 años de su primer título. Este equipo de hoy, en el que deposito todo mi aliento de cara a la recta final, carece de esa esencia. Tal vez Hoyos pueda resolverlo, tal vez no. No obstante, es evidente que la institución, Azul Azul, no lo cultiva, pues ya son varios los procesos que apuntan a un par de estrellas en cancha más que un equipo “mágico”.