La U vs Wanderers: ni tan distintos - RedGol

La U vs Wanderers: ni tan distintos

Andy Zepeda Valdés, presidente Asociación Hinchas Azules

A horas de una nueva final para Universidad de Chile, esta vez frente a Santiago Wanderers por la cada vez más revalorizada Copa Chile, surge como un ejercicio más que interesante el poder comparar y contrastar las realidades institucionales de ambos cuadros. Hablar de fútbol, formaciones, esquemas, etc., es también interesante, sin dudad, pero no faltará quien lo haga, y mejor que yo. De la otra cara de la moneda, lo que esta fuera de la cancha, probablemente nadie se acordará, así que esta vez me hago cargo.

Por lejos lo más llamativo que surge como conclusión luego de comparar a la U y a Wanderers, es la similitud que existe entre ambas instrucciones. Es así, en términos institucionales no somos tan distintos. Ambos equipos han mercantilizado a sus hinchas y los han relegado a su rol de clientes; los dos tienen un “mecenas” que se hizo con la mayoría de las acciones de las respectivas sociedades anónimas que los administran, transformándose en sus controladores; y tanto la U como Wanderers han sucumbido a una profunda crisis de identidad. Quién lo diría, pero es más fácil encontrar paralelismos que grandes diferencias.

Mercantilización del Hincha

La reducción del rol de los hinchas al mero consumo es algo que se consolidó rápidamente apenas nos cayó encima el sistema de sociedades anónimas. Con los derechos de voz y voto fuera del mapa, a los hinchas se nos dio a entender que nuestro único rol en el fútbol era el de consumir bienes y servicios. Bienes como camisetas, polerones, cortavientos, vasos y hasta tapas de tazas de baño. En el caso de los servicios, el único al que uno puede acceder es, desde luego, la compra de entradas para poder disfrutar del espectáculo que constituyen los partidos.

En lo que respecta a la U, los hinchas hemos visto que incluso la Historia es reducida a bienes y servicios transables. Hace no mucho, y con motivo de los cuestionables 90 años de vida de la U, Azul Azul editó un libro francamente lindo, pero solo desde lo visual. Esto porque como material historiográfico deja mucho que desear, especialmente por sus omisiones. $70.000 cuesta hacerse de esa historia. No digo que debían regalar el libro, obvio que no, pero Gustavo Villafranca y Roberto Rabi lanzaron recientemente un libro mucho más rico en material e información y a menos de la mitad del costo. Más allá de eso, la sociedad anónima intentó instalar la idea de que el buen hincha debía tener ese material. Creó toda una campaña alentando el ya exacerbado consumismo que, digámoslo, lleva al hincha a comprar incluso una camiseta de color flúor sin cuestionárselo. Y es que claro, las técnicas de mercadotecnia son poderosas.

Los servicios tampoco escapan a esta lógica. También le ha hecho entender al hincha que, si quiere al equipo, tiene que ir y desembolsar los 7 mil pesos que cuesta visitar el paupérrimo museo azul. Un lugar donde, derechamente, te muestran como patrimonio histórico camisetas que la U nunca vistió.

¿Es un pecado que los que administran a los equipos de fútbol intenten generar recursos? No me atrevería a teorizar algo tan absurdo. Los clubes deben generar dinero, pero las concesionarias han sido hábiles a la hora de instalar en la mente de las hinchadas esta idea de que una buena manera de demostrar el amor y la pasión por los colores es consumir todo lo que tenga los emblemas del club. Si el hincha tiene otras aspiraciones, como incidir en la administración del club, bien por él, pero no es lo que la empresa administradora busca o desea de él. La empresa solo quiere que consuma y consuma, que compre cosas y acceda a los servicios que ésta propone. Nada más.

Al mismo tiempo, ambas hinchadas en sí mismas han sido víctimas de una espacie de instrumentalización. Se han convertido en una cosa con la cual se puede promocionar el “producto”. Tanto Wanderers como la U han hecho esto, pero es la U la que nuevamente ha abusado en extremo. Desde siempre las empresas concesionarias han utilizado las imágenes de los hinchas para vender el concepto de incondicionalidad y pasión, aun cuando incurran en acciones que, según la normativa de Plan Estadio Seguro, están prohibidas. Es muy común entonces que las empresas promocionen partidos o productos con imágenes de Los de Abajo o Los Panzers encendiendo bengalas o utilizando concunas. En eso, de no ser por la existencia de la normativa, no habría nada malo, pero habla a las claras de la doble moral que profesan las S.A., pues por un lado satanizan actitudes de las barras, pero no tienen problemas para usar esas mismas actitudes cuando hay que promocionar un partido o una camiseta. Diego Rivarola encendiendo bengalas en un comercial, nada menos. Y luego se preguntan por qué a los hinchas les cuesta comprender o aceptar que las bengalas estén prohibidas.

Heller e Ibáñez

Los principales accionistas de Azul Azul S.A. y Wanderers SADP son Carlos Heller Solari y Nicolás Ibáñez Scott. Ejercen su poder a través de Inversiones Alpes y Fundación Futuro Valparaíso, respectivamente. Carlos es controlador de la concesionaria azul con 63,07% del total de acciones y Nicolás es dueño del 78% del paquete accionario de Wanderers.

Heller, además de accionista mayoritario y controlador, es presidente del directorio de Azul Azul. En el caso de Ibáñez, cuida sus intereses en el directorio de Wanderers S.A. a través de varios representantes de Fundación Futuro, como Jorge Lafrentz (presidente), Gonzalo Serrano, Rafael González y otros.

Ambos no solo comparten una ambición casi patológica, sino el haber comprendido mucho antes que todos que el fútbol era la puerta de entrada a un mundo al que ellos, por sí solos, con las intenciones lucrativas que tenían, no hubiesen podido ingresar nunca. Entendieron que en la pelotita también estaban las lucas y de a poco se fueron adueñando de las respectivas tortas azul y verde.

Heller merodeaba la presidencia de la U como polilla alrededor de una ampolleta desde la época de la Corfuch. Tuvo que esperar a que los poderes económicos y políticos propiciaran la aprobación de la Ley de Sociedades Anónimas Deportivas para lograr su sueño. Para ello utilizó un discurso cargado de pasión para posicionarse como una especie de mesías. Quiso desmarcarse de quien lo había antecedido, el delincuente José Yurazseck. Si hasta estadio prometió y gestión inclusiva prometió. Ahora bien, quizá Heller tenga las manos algo más limpias, pero su gestión ha estado lejos de ser lo mesiánica que él mismo pretendió. Los números rojos han marcado su gestión. ¡Azul Azul cerró el 2016 con $4.500 millones en pérdidas! En 2017 solo evitó la debacle haciéndose un autopréstamo desde el Grupo Bethia (holding de las empresas familiares). En el fondo, solo se prestó plata de un bolsillo a otro, que por cierto luego se auto devuelve con intereses (costeados por nosotros, los hinchas).

Y hablando de autopréstamos, Ibáñez sí que sabe de eso. Más de 1000 millones de pesos fueron los que prestó en su momento a Wanderers a través de Fundación Futuro, pero con un 4,5% de interés. Tremendo negocio. Sin embargo, cuando vio que estaba difícil que le pagaran, amenazó con retirar todo el dinero que tenía en la sociedad, posando sobre el la escuadra del Puerto el fantasma de la quiebra.

Por otro lado, lo de Nicolás Ibáñez, pinochetista reconocido, es mucho más sombrío aún. El haber llegado a Wanderers supuso una oportunidad de oro para el ex controlador de D&S (Supermercados Lider, que luego vendió a Walmart). Con un discurso depuradísimo y técnicas de marketing brillantes, usó a Wanderers para, llenarse los bolsillos. Qué le importaba perder dinero todos los meses a través de Wanderers SADP, si en los otros frentes, y gracias al cuadro caturro, facturaba una brutalidad. Además, en algún momento el CDF se venderá y sin duda recuperará cada peso que ha perdido.

Por otro lado, el tipo instrumentalizó a Wanderers para ir muy de a poco instalando en el Puerto cierta ideología política y un modelo económico, para sus propios fines. Uno entiende mejor eso cuando lee lo que expresa sobre las bondades de la dictadura cívico-militar y de cuán agradecido le está. El escenario que le ofrece Valparaíso, una ciudad profundamente identificada con Wanderers, es ideal. Si no le ha resultado su juego, es porque desde otros sectores de la sociedad, existe oposición a sus miserables objetivos.

La Identidad Perdida

Desde que son controlados por sociedades anónimas, tanto Wanderers como la U han visto cómo el foco de la formación de jugadores es puesto en los resultados y los productos, más que en los procesos. Aquel arte de formar jugadores integrales que entiendan lo que es defender un escudo y darse por entero a una camiseta está fuera del ADN de las sociedades anónimas deportivas. ¿Qué les interesa a los directorios? ¿Qué les sirve? Los productos. De ahí que conciban al jugador como un bien transable, más que una persona en la cual haya que invertir esfuerzos más allá de lo monetario.

A las empresas del fútbol les interesa formar jugadores a los que puedan vender rápido, solo así se mantiene la maquinita de hacer dinero. Sin ir muy lejos, el único año en que Azul Azul no ha tenido pérdidas fue en 2011, justamente el año en que gana la Copa Sudamericana y vende a una serie de jugadores a un altísimo valor, aun no todos formados en casa. Solo en las temporadas siguientes jugadores como Ángelo Henríquez, Valber Huerta e Igor Lichnovski fueron transados. No jugaron mucho tiempo, pero la idea es esa: vender rápido.

En Wanderers el trabajo de formación se hace mejor. El fin de semana pasado en Playa Ancha me tocó ver en vivo la vuelta olímpica de su sub-11, campeones invictos y con números impresionantes. Sin embargo, ¿cuántos jugadores nacidos e Wanderers se consolidan antes de ser vendidos? Hoy, aparte de Castellón, Cuadra, Robles y Soto, ¿qué jugadores canteranos hay en los Caturrros que sean titulares indiscutidos?

En la U, solo en el último torneo han parecido Guerra, que se suma a Leiva y Rozas (Herrera, Pinilla y Seymour no fueron formados por Azul Azul), que aun luchan por hacerse dueños de la titularidad. En temporadas pasadas, la presencia de la cantera era aún más paupérrima.

El caso de Universidad de Chile es muy singular. Debe ser el único equipo que disputa un Super Clásico con más jugadores con pasos por el archirrival (Jara, Vilches, Beausejour y Caroca) que con formados en casa (Herrera, Pinilla y Seymour). Por eso, para mí, no es raro que no podamos ganarle a Colo Colo desde 2001 en su cancha. La identidad y la identificación con la camiseta pesan a la hora de jugar un clásico. De esto también saben en Wanderers, a quienes no les ha ido muy bien contra Everton, por el mismo fenómeno. Son dos realidades muy similares causadas por el mismo monstruo: el fútbol mercado.

Ni tan distintos

Esta columna es sobre la U y Wanderers por una cuestión casi circunstancial; solo porque juegan una final. Pudo haber sido sobre la U y varios equipos más, pues varios equipos, pues no solo la U y Wanderers sufren con el modelo de las sociedades anónimas. Acá solo he querido señalar dos o tres puntos que ilustran que las Sociedades Anónimas nos afectan a todos por igual. Siempre se esgrime a O’Higgins como ejemplo de equipo al que las SA le han hecho bien, pero vean como está hoy en la tabla. Todos los equipos en Chile se han visto mercantilizados. Todos hemos sufrido con la pérdida de identidad, los malos manejos, los empresarios y buitres del fútbol que solo quieren más dinero y les importa un carajo el sentimiento.

La U y Wanderers no son muy distintos. O más bien, sí somos distintos, por algo amamos distintos colores, pero sufrimos la misma enfermedad. Esa enfermedad es el fútbol de mercado. Es un cáncer que afecta al bullanguero, al wanderirno, al ruletero, al cruzado, al albo, al granate, al pirata, al lila, a todos. ¿Qué nos queda? Resistir. Desde distintas trincheras, debemos luchar por recuperar lo que es nuestro. No hay más.